Un Traje de Payaso (Por Sergio Romero Vicepresidente UPLA)

23 octubre 2017 / By Publicado por

La ley electoral que rige la contienda política en curso en Chile fue el resultado de un acuerdo entre cuatro paredes, impulsado por la Nueva Mayoría, que consiguió el concurso de la senadora Lily Pérez, de Amplitud, para otorgar su voto decisivo, y crear así un verdadero «traje a la medida», marginando las advertencias y fundadas observaciones de la oposición respecto de sus arbitrarias normas.

La idea central del contubernio fue reemplazar el sistema binominal, que había hecho posible una transición reconocida por muchos como ejemplar, por un sistema hecho al propio interés de sus autores.

Hasta aquí todo podría ser aceptable, ya que en materia de sistemas electorales hay diversas alternativas y al binominal lo habían marginado como políticamente incorrecto y heredero del pasado.

El primer punto fue aumentar el número de senadores y diputados, que fuera aprobado sin tener ninguna base de financiamiento y tampoco de coherencia, ya que carecía de fundamento real y territorial su propuesta. Estábamos, entonces, en presencia de una reforma sesgada e improvisada, como la mayoría de las últimas aprobadas. Les autofavorecería y facilitaría la reelección de sus representantes y las ventajas de sus partidos.

Luego, y para este objetivo, se barajó el naipe del territorio electoral extendiéndolo absurdamente y creando arbitrariamente conjuntos de comunas que elegirían también arbitrarios números de cargos sin que hubiere relación proporcional a su población, sino más bien a las ventajas políticas que ello resultare para candidatos y partidos comprometidos en el acuerdo.

Así, algunos partidos podrían subsistir artificialmente, y recibir, en consecuencia, los aportes de un sistema de financiamiento fiscal que tampoco recogió las fundadas observaciones que se plantearon en su momento. El tema de los aportes tampoco fue bien diseñado, ya que se actuó a la sombra de sucesos que no permitieron un análisis más objetivo. Tampoco se legisló en el tema de las asesorías parlamentarias, permitiendo entonces que se siga sospechando de estos recursos, que muchas veces se piensa que se usan indebidamente en operadores políticos pagados por todos los chilenos.

Recientemente, «El Mercurio» se refirió in extenso a la iniciativa que propusimos y que no prosperó. El tema está pendiente y necesariamente el nuevo Gobierno y Congreso deberán abocarse, esta vez con sentido de Estado, y legislar seriamente para evitar estas irregularidades. Pero los sastres de este «traje a la medida» no repararon en que sus no expresadas ambiciones les traerían serios problemas. Como buenos chilenos, usaron la calculadora que, a veces, se utiliza en el fútbol, pero en esta ocasión se usó para la política, y así se aprontaron para sacar las mejores ventajas del nuevo sistema electoral, que les sería favorable al tener calculados sus puntos ganadores.

¡Qué mala suerte tienen! No contaron con que la ambición rompe el saco, y el proyectado traje no les dará ni el ancho ni el largo, ya que ocurrió un impensado y desgraciado imprevisto. No consiguieron un acuerdo en lo presidencial y tampoco en tener una lista parlamentaria única y así repartirse equitativamente los dividendos tan anhelados. Perdieron también competir en primarias, y desdeñaron a figuras prestigiosas por ser de un pasado que reniegan.

Para colmo, cambiaron de zonas a algunos de sus referentes y los llevaron a «turistear» políticamente a otras regiones de mejor clima, sin medir que la gente hoy está aburrida de ello, está perfectamente informada de todo, y sabe de quiénes y por qué se usaron el hilo y las agujas de una sastrería tan especial. Este sistema perjudicará a muchos chilenos residentes en localidades pequeñas y medianas y de baja densidad poblacional, que verán a la distancia cómo se eligen a quienes les representarán.

Los candidatos, como está ahora ocurriendo, prefieren dedicar sus esfuerzos en aquellas de mayor peso electoral, ya que los llamados incumbentes, mayoritariamente de la «sastrería», tienen una ventaja por ser más conocidos por la mayor parte de la ciudadanía, y su prerrogativa también se advierte por el tiempo limitado de las campañas, que hace muy difícil conseguir igualdad de oportunidades para los desafiantes.

Y si extrapolamos lo que ocurrirá una vez terminado el proceso electoral, veremos que los elegidos concentrarán su acción donde hay más densidad de votación, marginando a miles de chilenos de zonas apartadas o menos pobladas de la atención de ilustres desconocidos que serán en adelante sus representantes.

A todo lo anterior habrá que agregar que las cédulas electorales serán verdaderas sábanas en sus dimensiones por el número de candidatos inscritos, que obedecen al incremento de cargos a elegir.

Este verdadero puzle lo deberán resolver los sufridos chilenos, que probablemente en el silencio y soledad de las urnas intentarán descubrir a sus preferidos o abandonarán a medio hacer sus tareas por no encontrar a su escogido o simplemente se aburrirán en las largas filas de votantes.

Habrá que reflexionar con sentido país para rectificar los serios errores que se están cometiendo por tratar de conseguir ventajas pequeñas e inmediatas, que se están también esfumando, en un tema de tanta importancia para el futuro de nuestra institucionalidad política.

Los chilenos en esto no se equivocan, y la opinión pública se encargará de castigar cívicamente a los sastres improvisados y oportunistas. Quisieron un traje a la medida y terminaron haciendo un «traje de payaso», que los dejará más divididos aún, en el Circo de los Reproches.

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